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Gozosos Misterios

  1. 1.

    La Anunciación del Ángel a María

    El ángel Gabriel anuncia a María que será la Madre de Dios.

    Lc 1,26-38

    Un ángel habla a una doncella en un pueblo cualquiera, y el mundo da un vuelco. María no sopesa el precio. No pide una señal. Dice sí —fiat— y en esa única palabra el Verbo eterno se hace carne en su seno. Meditamos sobre el valor de su confianza, sobre un Dios que espera ser invitado, y sobre cada pequeño sí que abre nuestra propia vida a la gracia.

  2. 2.

    La Visitación de María a su prima Isabel

    María visita a su prima Isabel.

    Lc 1,39-56

    María viaja deprisa por la montaña para ver a su prima Isabel. Llevando a Cristo en su seno, no va para ser servida, sino para servir. Al oír su saludo, un niño aún no nacido salta de gozo. Meditamos sobre cómo la presencia de Jesús, aun oculta, llena el mundo de regocijo, y sobre el tipo de amor que sale de sí mismo hacia quien lo necesita.

  3. 3.

    El Nacimiento del Hijo de Dios

    Jesús nace en un establo de Belén.

    Lc 2,1-20

    No había sitio. El Verbo por quien fueron hechas las estrellas es acostado en un pesebre para animales. Vienen los pastores —los impuros, los insignificantes— y son los primeros en recibir la noticia. El cielo no teme a la pobreza; el cielo la busca. Meditamos sobre un Dios que elige la pequeñez, y sobre la cuna que ya prefigura la cruz.

  4. 4.

    La Presentación de Jesús en el Templo

    Jesús es presentado en el Templo.

    Lc 2,22-38

    María y José llevan al niño Jesús al templo. El anciano Simeón, que ha esperado toda su vida, toma al niño en brazos y por fin está dispuesto a morir. Bendice a los padres y advierte a la madre: una espada te atravesará el corazón. La alegría y el dolor ya están entretejidos. Meditamos sobre la larga obediencia de la espera, y sobre los corazones que dicen sí incluso a la espada.

  5. 5.

    El Niño Jesús perdido y hallado en el Templo

    Jesús es hallado en el Templo entre los doctores.

    Lc 2,41-52

    Durante tres días lo buscan, angustiados. Lo encuentran en el templo, escuchando y preguntando con calma. ¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre? Ni siquiera su madre lo comprende todavía. Meditamos sobre los momentos en que aquellos a quienes amamos se escapan de nuestro alcance —hacia una vocación que no nos corresponde controlar— y sobre cómo María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

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